La garganta me estaba matando de nuevo.
Apenas podía tragar saliva, y mamá continuaba diciendo que no era nada.
Yo me quejaba, pero no chillaba.
Hasta que de pronto pasar el aire ya era insoportable.
Le pedí a mamá una vez más que por favor vayamos a la clínica.
Salimos todos para allá, caminando.
El dolor se hacía cada vez más insufrible.
Mamá continuaba quejándose diciendo que no era nada.
Hasta que intentó convencerme a mi de eso.
Yo ya no podía ni hablar y sólo atine a pegarle en el brazo.
Y me fui para atrás.
Ella vino a mi encuentro.
Sin sangre en la cara me preguntó por qué había reaccionado así.
La maté con la mirada.
No se volvió a acercar.
Caminamos hasta unas galerías recomendadas.
Yo ya no podía más con la garganta.
Me dolía tanto que tenía que gritar.
Pero hacerlo hizo que me doliera el doble.
Todos se asustaron cuando lo hice.
Parece que recién se dieron cuenta de la magnitud de mi sufrimiento.
Entonces actuaron de prisa.
Nos indicaron donde podíamos conseguir carne argentina.
Habían dicho que eso me curaría.
Yo continuaba gritando a pulmón gastado.
Tratando de aliviar el dolor.
Llegamos al stand que vendía chucherías.
Me levante con la garganta adolorida.
En una mala posición.
Roté la cabeza y recobré el sueño.
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