Le dirigí la palabra por primera vez.
De nuevo.
Me comporté educada, alegre y desinteresada como siempre.
Él me vio y sonrió.
Me senté junto a él para que dejaran de hablar a mis espaldas.
Hablamos como viejos amigos.
Caminamos y conversamos.
Habló de su vida, de sus amores y desamores.
Habló de su novia, a la cual yo conocía y él no sabía.
De ese hijo que no era suyo y el muy cojudo igual lo recibió.
De que ahora ni el niño ni ella eran suyos.
Estuvimos en mi cama, conversando con mi madre y con mi hermana.
Lo saludaron como alguien que no ve a un familiar por un buen tiempo.
Preguntó por mis perros, les dije que estaban felices.
Pregunté por su perra, se puso a llorar.
De alguna manera ya lo sabia.
Caminamos por el estacionamiento, me llevaba en brazos por alguna razón.
Me preguntó por ti, si aún me pretendías.
Me quedé callada y luego mirándolo a los ojos le dije que sí.
Le dije que estábamos comprometidos.
El desvió la mirada y mirando al frente actuó como si no le hubiera dolido.
Pero personas como él son muy fáciles de descifrar.
Sabía que con eso por fin habría roto cualquier lazo que nos unía.
